La seguridad energética global vuelve a temblar en el peor escenario posible, luego de que las autoridades sauditas ordenaran el cierre preventivo y temporal de su emblemático oleoducto Este-Oeste (Petroline) tras una serie de bombardeos e impactos contra su infraestructura clave en las regiones de Riad y Medina.
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El golpe estratégico: La tubería afectada, capaz de bombear millones de barriles diarios hacia el mar Rojo, se había convertido en la válvula de escape indispensable para exportar crudo sin pasar por el convulsionado y bloqueado estrecho de Ormuz, reduciendo el margen de maniobra de la potencia petrolera frente a la ofensiva regional.
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El trasfondo bélico: Los ataques, atribuidos en medio de la creciente tensión geopolítica con la milicia hutí aliada del régimen de Irán, no solo dejaron varios heridos y daños materiales a evaluar, sino que ponen contra las cuerdas los corredores terrestres y marítimos de abastecimiento en Oriente Medio.
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El coletazo financiero: La paralización de esta arteria de supervivencia energética encendió de inmediato las alarmas en las bolsas internacionales, empujando con fuerza los precios del crudo y disparando la incertidumbre sobre la estabilidad inflacionaria y económica a escala global.

