LA INFANCIA NO PUEDE COMPETRI CON EL ALGORITMO

No escribo esta columna contra la tecnología. Sería absurdo: la tecnología bien usada abre puertas, democratiza información y salva tiempo. Escribo a favor de algo más básico y es la salud mental, el sueño y el derecho de nuestros niños, niñas y adolescentes a aprender sin vivir secuestrados por la distracción.
Hagámonos la pregunta incómoda: ¿en qué momento aceptamos que un menor lleve en el bolsillo una máquina diseñada para capturar su atención, y además le pedimos que “se autocontrole” en el aula? Hay algo profundamente injusto en esa exigencia. No es una pelea equilibrada, ya que el cerebro adolescente todavía está en desarrollo y su autorregulación está en construcción, mientras que las plataformas digitales optimizan, minuto a minuto, su capacidad de enganchar.
Colombia ya es un país de celular casi universal. Los datos oficiales muestran que alrededor del 90% de las personas de 5 años o más utiliza teléfono celular: 90,9% (2021), 90,0% (2022), 90,4% (2023) y 90,6% (2024).
En otras palabras, el dispositivo está –literalmente- desde edades muy tempranas. Y donde está, -en las aulas- exige atención, incluso su presencia puede consumir recursos cognitivos; aunque la evidencia experimental es debatida, sí es una señal de alerta sobre el costo atencional del “solo tenerlo cerca”.
Ahora pongamos esa realidad en el contexto más serio, el de nuestra salud mental. La vigilancia del intento de suicidio en el país evidencia un fenómeno de magnitud nacional. En 2024 se analizaron 38.769 casos (tras depuración de notificación), y el INS reporta una incidencia general de 73,5 por 100.000 habitantes en ese año.
Y hay un dato que me estremece: el grupo de 10 a 24 años concentra cerca del 59,8% de los casos en los últimos cuatro años, lo que sugiere una relación estrecha entre ciclos escolares, adolescencia e intervención temprana.
Sería irresponsable decir que el celular “causa” por sí mismo la conducta suicida. No. Las causas son múltiples. La propia salud pública lo recalca; el suicidio es multifactorial, con determinantes sociales, psicológicos y ambientales.
Pero también sería irresponsable negar el papel del ecosistema digital en la vida emocional de nuestros menores. La pediatría clínica contemporánea advierte que el uso problemático de Internet y la exposición a ciberacoso pueden agravar trastornos previos y asociarse con síntomas ansioso-depresivos y conductas autolesivas, especialmente en población vulnerable.
Si quiero aterrizarlo a algo concreto, lo diría así… el sueño está pagando una parte de la factura. Y un adolescente sin sueño no solo rinde menos, su irritabilidad aumenta, su riesgo emocional crece y su resiliencia cae. La evidencia científica en español muestra asociaciones consistentes entre tiempo de pantalla y alteraciones del sueño; incluso se documenta que reducir la exposición puede acompañarse de mejoras medibles en la duración del descanso.

¿De verdad vamos a seguir normalizando que un niño llegue al colegio después de una noche de notificaciones, videos infinitos y mensajes a deshoras?
Por eso radiqué el Proyecto de Ley “Ley contra la adicción digital” (542 de 3026) el 27 de marzo de 2026. Propone medidas para proteger la salud mental de niños, niñas y adolescentes frente al uso de celulares y redes sociales, promoviendo entornos educativos seguros y hábitos digitales saludables.
La propuesta no se trata de prohibir la tecnología, sino de ordenarla en el entorno donde más importa la atención: la escuela. El proyecto fija un mínimo obligatorio para estudiantes menores de 16 años, exige ajustes a manuales de convivencia, promueve participación de familias, y prevé implementación gradual y evaluación.
¿Y qué pasa cuando un país se atreve a tomar decisiones? La experiencia internacional ofrece lecciones útiles.
Francia, por ejemplo, consagra en su Código de Educación una regla general de prohibición del uso de teléfonos móviles en escuelas y colegios, con excepciones (usos pedagógicos y casos previstos).
Además, ha avanzado con el dispositivo “Portable en pause”, generalizado desde 2025, buscando estructurar la “puesta a un lado” del teléfono y mejorar clima escolar y aprendizajes.
En Países Bajos, un acuerdo nacional “no, salvo” fue monitoreado y evaluado, en la medición posterior, centros reportaron efectos positivos en concentración (75%) y clima social (59%), y en menor medida en desempeño (28%), aunque también se señaló carga de implementación (control y cumplimiento).
En Brasil, una ley nacional reciente prohíbe el uso de dispositivos portátiles personales por estudiantes durante clase, recreo e intervalos en educación básica, delegando a redes y colegios la estrategia de implementación.
En Chile, una ley promulgada para su entrada en vigor en 2026 establece una regla general de prohibición durante actividades curriculares, con excepciones, y plazos claros para que los colegios ajusten su normativa interna.
Y hay evidencia académica sobre aprendizaje y convivencia: en Inglaterra, un estudio clásico halló que prohibir celulares se asoció con mejoras en resultados académicos, especialmente en estudiantes previamente rezagados.
En España, un análisis de políticas regionales asocia las prohibiciones con mejoras en puntuaciones (PISA) y reducción de bullying.
Pero también hay una advertencia crucial: no basta con sacar el celular del aula si el resto del ecosistema sigue igual. Un estudio observacional de gran escala (SMART Schools) no halló diferencias relevantes en bienestar mental, ansiedad o depresión solo por tener políticas escolares más restrictivas; eso sugiere que las medidas deben ir acompañadas de educación digital, prevención, apoyo psicosocial y coherencia familiar.
Entonces, la pregunta no es si “dejamos” o “no dejamos” celulares. La pregunta es¿qué estamos protegiendo y cómo lo vamos a medir? ¿Vamos a proteger el aula como espacio de aprendizaje o vamos a resignarnos a que sea una extensión del feed? ¿Vamos a dejar que la escuela pierda la batalla de la atención o vamos a darle herramientas reales?
La UNESCO lo ha dicho sin rodeos: la tecnología en clase debe usarse solo cuando apoye claramente el aprendizaje, y los smartphones pueden ser una distracción significativa.
Yo traduzco esa idea a una decisión pública: la escuela debe ser el primer lugar donde enseñemos libertad digital… empezando por el derecho a desconectar.
Este proyecto de ley apunta a construir un estándar mínimo para Colombia: reglas claras, excepciones razonables, implementación gradual, acompañamiento pedagógico y evaluación.
Y, sobre todo, un mensaje cultural, el bienestar socioemocional no es un “extra”; es el piso.
Porque si seguimos esperando, la pregunta final será la más dolorosa: ¿por qué nadie hizo nada cuando todavía era posible prevenir?