David Rosenthal

No hubo euforia. No hubo la energía de quien deposita una esperanza. Los colombianos que acudieron a las urnas este domingo lo hicieron con la mandíbula apretada, movidos por algo más primitivo y más poderoso que la ilusión: el hartazgo. Cuatro años de promesas incumplidas, violencia estructural y aislamiento internacional pasaron factura. Colombia no fue a votar por alguien. Fue a votar contra algo. Y en ciencia política, esa distinción no es semántica. Es diagnóstica.

El resultado de la primera vuelta confirma lo que los modelos de comportamiento electoral anticipaban: una sociedad profundamente polarizada, sin espacio para terceras vías y con una clase media que migró masivamente hacia el voto de rechazo. Con el 99,70% de las mesas escrutadas, Abelardo de la Espriella obtuvo el 43,73% de los sufragios. Iván Cepeda quedó segundo con el 40,91%. La diferencia —menos de 665.000 votos sobre un universo de más de 20 millones de sufragantes— no es una ventaja. Es un empate con maquillaje. Ambos candidatos superaron individualmente la votación de Petro en 2022, lo que confirma que la abstención histórica que benefició al petrismo se ha revertido. Esta vez, Colombia sí fue a votar.

El centro político, mientras tanto, se evaporó. Paloma Valencia alcanzó el 6,92%. Fajardo, el 4,25%. Claudia López no llegó al 1%. En teoría de sistemas electorales, cuando el voto útil colapsa las opciones intermedias en una primera vuelta, el balotaje se convierte en un referéndum binario de identidades, no de programas. Lo que Colombia decidirá el 21 de junio no es qué modelo económico prefiere. Es qué país quiere ser.

Minutos después de conocerse los resultados, Valencia anunció su respaldo a De la Espriella. Uribe hizo lo propio. Cambio Radical se sumó. La coalición que se consolida detrás de El Tigre representa una adición potencial de entre 1,6 y 2 millones de sufragios. Si esa transferencia se materializa con disciplina electoral —algo que en Colombia ocurre con mayor eficiencia en la derecha que en la izquierda— De la Espriella entraría al 21 de junio con una ventaja estructural que Cepeda difícilmente podría compensar solo con la movilización de su base.

En ciencia política electoral, el balotaje favorece al candidato que mejor amplía su coalición sin alienar a su electorado duro. De la Espriella lleva ventaja en ese cálculo: su perfil de abogado penalista, su discurso de orden sin autoritarismo y su capacidad de articular alianzas lo posicionan como candidato de convergencia. Cepeda, en cambio, carga con el peso simbólico de representar la continuidad de un gobierno con índices de desaprobación que superan el 60%.

Pero hay una dimensión que los análisis domésticos suelen subvalorar, y que para los lectores de esta revista tiene resonancia particular. La política exterior del petrismo no fue improvisación. Fue arquitectura deliberada. La ruptura con Israel, la retórica sobre genocidio exportada a la ONU y la OEA, el acercamiento a Teherán y Caracas: todo responde a una lógica de alineamiento ideológico con el eje bolivariano-iraní que tiene consecuencias que van mucho más allá de lo diplomático. Irán no es solo un socio retórico de Petro. Es el principal patrocinador de Hezbollah, organización que opera activamente en la Triple Frontera latinoamericana y que ha extendido silenciosamente sus redes de financiamiento y logística en varios países de la región. Normalizar las relaciones con Teherán mientras se rompen con Jerusalén no es un gesto de neutralidad. Es una elección de bando con implicaciones de seguridad regional que ningún analista serio puede ignorar.

Un gobierno Cepeda consolidaría esa reconfiguración como política de Estado permanente. Cuatro años más de Colombia como plataforma de agitación antisionista, con Teherán como referente y Caracas como modelo. Un gobierno De la Espriella —que ya se reunió con el canciller israelí Gideon Sa’ar y prometió restablecer relaciones y trasladar la embajada a Jerusalén— representa el retorno a una inserción internacional basada en alianzas reales, no en solidaridades revolucionarias peligrosas.

El 21 de junio, Colombia elige entre dos visiones del Estado y del mundo. Los números de la primera vuelta dibujan un empate técnico que se resolverá por márgenes mínimos. Pero la historia, los aliados y la dirección del viento favorecen a De la Espriella. El hartazgo movilizó más que la esperanza este domingo. La pregunta es si el 21 de junio movilizará lo suficiente.