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  • La derrota de los partidos políticos en Colombia

Las elecciones presidenciales del 31 de mayo dejaron una conclusión que va mucho más allá de los nombres de los candidatos que disputarán la segunda vuelta. Más que la victoria de unos y la derrota de otros, lo que quedó en evidencia fue la profunda crisis de los partidos políticos tradicionales en Colombia.
La llegada de Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda a la recta final de la contienda presidencial demuestra que millones de ciudadanos están tomando decisiones cada vez más alejadas de las orientaciones de las estructuras partidistas. El votante de hoy parece confiar más en quienes interpreta como voceros de sus preocupaciones que en los dirigentes que durante décadas administraron el poder político nacional.
No es casual que Abelardo de la Espriella haya afirmado que no gobernará para los partidos ni construirá compromisos con ellos, sino con los ciudadanos. Más allá de si esa promesa puede cumplirse plenamente en la práctica, el mensaje encontró eco en una ciudadanía cansada de las negociaciones burocráticas y de los acuerdos construidos entre élites políticas.
Quizás la pregunta más importante que deja esta elección es si los partidos siguen siendo verdaderos instrumentos de representación ciudadana o si, para muchos colombianos, se han convertido en empresas políticas. Organizaciones que, independientemente de la ideología que proclamen, parecen concentrar buena parte de sus esfuerzos en conservar espacios de poder, mantener cuotas burocráticas y garantizar su participación en el gobierno de turno.
Por eso, mientras los ciudadanos definieron en las urnas quiénes continúan en la carrera presidencial, los partidos comenzaron inmediatamente a mover sus fichas para acercarse a uno u otro candidato. Lo harán con Iván Cepeda si la izquierda se impone y lo harán con Abelardo de la Espriella si triunfa la derecha. Su objetivo será el mismo: preservar influencia y seguir siendo actores relevantes dentro del próximo gobierno.
Sin embargo, esta elección también demostró que el poder de esas estructuras ya no es el de antes. El ciudadano está votando cada vez menos por el color de una bandera política y cada vez más por quien considera capaz de interpretar sus necesidades, sus frustraciones y sus expectativas de cambio.
La votación de Abelardo es una muestra de ese fenómeno. Su crecimiento electoral estuvo ligado, en buena medida, a una conexión directa con sectores de la población que sienten que los partidos dejaron de representarlos. Del mismo modo, Iván Cepeda logró consolidar un respaldo importante alrededor de una propuesta política que conecta con otro segmento significativo del país.
Lo que está ocurriendo en Colombia no es solamente una disputa entre izquierda y derecha. Es una transformación de la relación entre los ciudadanos y las organizaciones políticas tradicionales. Los colombianos parecen estar enviando un mensaje claro: quieren ser escuchados directamente y no a través de intermediarios que, en muchos casos, han perdido legitimidad.
La verdadera derrota de esta elección no fue únicamente la de los candidatos que quedaron en el camino. Fue la de los partidos políticos que durante años hablaron en nombre de los ciudadanos y que hoy descubren que los ciudadanos han decidido hablar por sí mismos.